28 ago. 2012

Troncos Torcidos


 
                                                                         
                                   
                                          CUANDO YO ERA UN JOVENCITO

                                      QUE EMPEZABA A CORRER AVENTURAS

O mejor dicho, andaba en la segunda aventura de mi vida, trabajaba en una hacienda cafetalera en lo alto de las montañas. El dueño de la hacienda, un leonés  de escasa educación, pero hombre muy práctico en las cosas de la vida, un día en que algunas personas habían actuado  con cierto grado de  deshonestidad, mientras cenábamos en  la terraza de su bella residencia, y yo reflexionaba sobre lo que el ser humano hace a veces en perjuicio de otros, me dijo: ¨Mire usted ese monte que tenemos ahí al lado, tome un hacha y vaya en busca de un tronco perfectamente derecho, y si lo encuentra, córtelo y téngalo hasta que encuentre un hombre igual a ese palo.¨ o palabras a ese efecto.

Muchos árboles he sembrado, de madera y de carnes, y los hay derechos, por cierto, pero búsquelos usted. Los científicos, los investigadores legales y los jueces dedican sus vidas y esfuerzos a buscar los hechos, la verdad, el árbol derecho a diario…

Pero no es cosa simple caminar por dentro de las enramadas y encontrar la perfección; nadie es perfecto, si por perfecto entendemos ciertas formas de pensamiento y actuación.  A veces es una palabra, un gesto, una evasión de la mirada. Recuerdo a veces el primer barbero que me rasuró  las barbas en New York; era un griego cuyo amor por la pureza de los idiomas lo hacia ver como el aula de una universidad en carne viva.  Y algo del lenguaje se hablaba entre operarios y clientes una mañana, cuando una cuestión de gramática y ortografía le provocó darles a los unos y los otros una de sus lecciones: ¨Ved la diferencia que hace la puntuación, señores, en esta frase¨ -dijo, ¨¿Qué, te afeito de gratis y te doy un dólar?,  …¡Que te afeito de gratis y te doy un dólar!... y,  ¿Qué? …Te afeito de gratis y te doy un dólar…

Muchas veces le pedimos a una persona que nos cuente los detalles de una cierta conversación de escasa o ninguna importancia aparente, pero aparte de la posible falta de memoria, la persona evade por mil vericuetos responder directa y claramente a la pregunta con lo cual provoca dudas, más preguntas, recelos y  quizás muchos dolores a más de una persona… aunque no exista y precisamente porque no existe, nada de feo ni capaz de provocar reacción aflictiva en ningún momento.   Los resultados siempre acaban por perjudicar  al que así evade  el responder porque se echa encima el manto de las sospechas de cosas peores…

Pero, no hay muchos troncos perfectamente derechos en el bosque.                                 

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