12 feb. 2011

MI ARAÑITA PESCADORA

MI ARAÑITA PESCADORA

Por
Gilberto Rodriguez



Una vez me senté a la orilla del bosque, a contemplar las arañas. Yo tenia el hacha en la mano porque había decidido cortar un árbol para esculpir en su tronco una estatua con la figura de la mujer que decía amarme y que me buscaba. Pensaba como en la vieja historia aquella de"El Carpintero Narciso. ¿Alguno recuerda esa? Probablemente no." No me gustaría, me decía yo, que un dia este amor se acabe o ella se me muera y quedarme solo sin una doble. Claro, mejor sería una doble real de carnes firmes. Pero el rocío lucia sus perlas matutinas en los pétalos, en las puntitas de las hojas y en los tejidos de las telarañas.

¡Ah, qué bello amanecer este de hoy! Aquí, en mi rinconcito del bosque, solo físicamente, pero acompañado de mis sueños, mis recuerdos, mis amores...

Una diminuta arañita, de esas que viven en la tierra, nada alto, simplemente la tierra, pero que quisieran como tú y como yo llegar al cielo, con sus agujas tejedoras mojadas por las aguas del rocío tejía, tejía, tejía incansablemente sus redes tan pequeñas. Porque a pesar de ser tan chiquitica tenía un apetito voraz que confundía con la grandeza de amar. Y tejía más.


Muchas chicharras y hormigones a veces al pasar destruían su red. Y un abejorro insolente un día se le apropió del silencio. Pero decía ella, él no me toca, él es mi amigo, él me limita, me maltrata pero está enredado en mi red y nos juntamos para vivir el eterno. Y eran dos infelices felices, que para cosas complejas las abejitas fabrican sus panales y los llenan de miel. Moscones y los abejorros revolaban tranquilos porque sus redes eran tan endebles que fácilmente se las podían romper y escapar. Mientras que algunos otros le hacían burlas porque ella quería tejer una red que le tapara el sol de los ojos al mundo, mientras el sol la alumbraba enterita ante las hormigas que recorrían los alrededores.

Cuando pienso en la pobre arañita me una da honda pena en el alma. Tan buena, tan noble, tan generosa y tan ingenua en medio de todo. Todos en el bosque me quieren. Confundiendo el amor que ponía en tejer esas redecillas que al llenarse de gotas de rocío parecían collares de perlas para el cuello de una princesa encantada con las verdaderas perlas que residen en las ostras que vienen del mar, y careciendo de mejor conocimiento del que nos trae una copla, confundió al marinero con la ostra, al abejorro con la hormiga y al príncipe de la historia con las lombrices del vertedero.

Y comenzó a sentirse reina cuando la perlas del rocío más brillaban bajo es sol. Pero tenía una patita muy lenta. No podía apenas andar, porque de los viejos cienos de la tierra recogidos llevaba un poco pegado a su piel, y no quería despejarlo. ¿Amaba el cieno?
Decia que no, pero regresaba sobre las ramas para recordarlo a todos horas. y aún en los momentos de amor más delicados con su amante.

Y sus ojos vagaban por el espacio en busca de otros rumbos, otras moscas, otras aventuras. ¡Ay, Señor, que injusto eres! ¡Pobre mi arañita! Quería ser flor, ser princesa, ser mujer. Y tenia las más bellas, las más grandes la más extraordinarias cualidades para ser la reina de las arañas...pero como Dios no hizo nada perfecto, le negó el entendimiento y le impuso un mal carácter, volátil como el éter. Y esa fue su condena. Cambió de árbol y de rama, cambió un tilín las formas del tejido y recogió flores del camino con la ayuda de una hormiga para decorar sus redes...pero olvidó que hay otras arañas que tejen mejor aún. Y un buen día se quiso elevar, y al confundir los niveles,lejos de subir a la montaña descendió a los fondos... y se fué a posar a la orilla del mar y echó sus redes al agua.

¡Ah, Dios! ¿Por qué haces esas cosas si solo es una pobre arañita tejedora? Se engañaba la pobre, en el mar hay muchos tiburones, no solo sirenitas y sardinas. Y también hay mil ballenas y anguilas resbalosas y un sinfín de otros moluscos que no todos crean perlas. Y se le rompió su pequeña redecilla al primer intento de pescar.

Y un dia una voz de esas que ella pretende que unos dioses de piedra y de metal le hablan, le puso una piedrecita en la mano que ella depositó en un ostión para tenerlo cual perla colgado, pero no en el cuello, si no a sus pies...pero la piedrecita traía escondida, traicionera como son esas cosas, no el espíritu del amor, sino el odio ante Dios. Y las brisas del mar venian frescas, pero para ella que de vientos no sabia y del mar mucho menos, las confundió con tormenta y se encerró en una ostra como si la piedrecita ella fuera. Y allí me quedé yo por largo rato mirando.

Se me olvidaron las brisas, se me callaron los versos, se me enterró una grande espina en el mismo medio del pecho, porque quería salvar a la que ahora era, decía ella, mi arañita por siempre...pero que en realidad no sabía tejer. Sus redes, una y otras veces verdes o gris, de aire o de agua, con perlas o miel, solo le forman el collar en su propio cuello con falsas perlas que no son ni siquiera piedras mal talladas. Y se enojó mi arañita. ¡Sí, porque decía que era mía! ¡Mía hasta la muerte y aún más!

¡Pobre de mí! A veces me tengo que reír de mis propias narices...
No, no es que me aturden las horas, ya un día lloré por ella, porque se había escondido y ya me estaba acostumbrando a su presencia en el filo del bosque. No, ahora no; ya no más. Ya he visto todas sus redes, he probado todas las medidas de sus mallas y la he elevado con mis propios alientos a lo más alto de las copas de los árboles del bosque...

Pero ahora quiere volver y echar redes en el mar. ¡Pobre mi arañita loca! No sé por qué Dios nos hace estas cosas. Perlas de rocío bellas son al prisma de la luz, pero perlas no son. Ni redes de gelatina para pescar sirven jamás... pero las ilusorias luces boreales tienden a confundir a los que por algún momento las vieron, porque no entendiendo a la luz, se creen que el reino de los cielos y la tierra son suyos, cuando solitos sin abrigo en la noche polar a lo mejor están muertos de frio y la búsqueda del calor les enturbia la mente y les hace pensar que desde allí son los reyes del mundo y que todos los hombres deben morir a sus pies.

Me alejé del bosque, sin cortar el árbol, ¿Para qué?
 El monumento que intentaba elevar, la figura que queria esculpir, el tronco en que queria tallar, la única de entre las auroras mias, se desvaneció en el aire,
 se evaporó por frágil, se creyó diosa siendo un tan endeble animalito
de esos tantos dioses en los cuales ella cree.
Me apena su soledad de hoy,
 pero sé muy bien que no durará largo tiempo así.
Por el bosque hay muchas alas y por el mar peces hay.
 Y ella sabe usar sus redes hábilmente
para cazar insectos y pececitos incautos
que vienen tras la gloria de la conquista de un manjar
y terminan sus vidas sumergidos en el vientre de esta arañita sin piedad.

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