10 dic 2010

ESTAS SANGRANDO, MUCHACHO

¡ESTÁS SANGRANDO, MUCHACHO!

 
St. John, Newfoundland

Cuando partimos de Saint John´s Newfoundland, el convoy era de unos 45 barcos de carga y media docena de corbetas, cazatorpederas y un Destructor. No mucho, pero bastante por las escasez que todavía sufríamos mientras se construían nuevas naves. Había un poco de niebla y oleaje, pero nada fuerte. Cuatro nudos, silencio, comunicación en la claridad por banderas, de noche….bueno, veremos. Todas las troneras y rendijas donde pueda haber luz, selladas. Gatos, abran sus ojos. Serviolas altos y bajos, más ojos que hombres, los buques escoltas corren a toda velocidad yendo y viniendo, los oídos clavados en los fondos…tensión serena en cada cuerpo, miradas sin expresión de interrogante o respuestas, ¡Avante!
Nada hay más fuerte para un navegante que la noticia de un hundimiento. No conoces a nadie de la tripulación desaparecida, muerta, rescatada, pero eres en tu interior uno de los muertos, heridos o cuerpo flotante entre las olas. Eres tú en tripulante torpedeado. Tensión, que no es exactamente miedo al tiempo que es emoción indefinible la que sufrimos.
Groenlandia, Islandia, Canarias, Azores, Hielos, ¿Qué importa el nombre o el color?
Hay fantasmas por todas partes. El templo está a oscuras, siglos de soledad le dan un aspecto de misterio; recovecos que guardan tal vez los restos de algún infeliz torturado por monjes malditos para que confiesen que son herejes, o las huellas de la princesa que murió encerrada por amar a un joven plebeyo, como en la historia de la sirenita aquella…telarañas por doquier, silencios que penetran hasta la médula, infierno de emociones oscuras a la luz del sol…navegar asi es aplastante al pensamiento y cruel a las esperanzas.
Cuando miramos al pasado, incluyendo los capítulos de guerras bíblicas vemos, o creemos ver, esas gigantescas formaciones en perfectos cuadros de hombres con las lanzas y las espadas en las manos y el pie avanzado sobre el camino futuro. Asi lucen nuestros barcos. Solo los directores de la bandas corren con sus instrumentos a cuestas en todas las direcciones. El Sargento Mayor tiene que cuidar el paso de cada recluta…
Mas, poco importa el silencio ordenado, sesenta máquinas a vapor extienden ondas sonoras bajo el mar a lo largo y ancho de los océanos. Los nuevos instrumentos al alcance de los capitanes no son muchos, pero los que hay están, casi todos, abordo de los submarinos alemanes y japoneses, y a esos navegantes les sobra el talento y las habilidades para hacer uso de estos.
Por algún lugar del Atlántico empezamos a dividirnos. Unos van hacia el Mediterráneo, el resto hacia Inglaterra. En uno de estos últimos estoy yo. Mi barco es un Liberty que estrenamos hace apenas una quincena. Llevamos muchas cajas enormes de tamaño y peso. “Fragile”, dicen unas. Tal vez nuevas tecnologías…no lo sabemos, cargamos secretos, estamos peleando una muy cruel guerra, y esas también son armas para matar y morir. Y al lado otras más pequeñas, pero no mucho, con armas personales y sus municiones… Estamos en guerra y los golpes que se preparan requieren muchas armas y brazos; esta es nuestra contribución, armarlos.
Ya quedamos solo treinta y dos barcos y solo una cazatorpedera de escolta. Cuídate, hermano; que yo me cuidaré, parece el cielo decirnos. La tensión interior de cada hombre aumenta. Ya no se oyen las risas y carcajadas, ni se dicen los chistes grotescos a la hora del almuerzo. Las tripulaciones comen en silencio; las orejas paradas como esas de la bestias en la selva. Dormimos en ropas menos, no pijamas, los zapatos o botas con sus bocas abiertas y los cordones amplios, las medias abiertas y “ready” en la entrada del zapato, la camisa y el jacket juntos abiertos, sentados al pie del camastro y los pantalones y el citurón abiertos, y puestos de tal manera encima de los zapatos, que al sonido de una alarma puede unos voltearse en la cama con los pies hundidos directamente en pantalón, media y zapatos, todo a la vez. Los amarres se hacían mientras corríamos por las cubiertas o las escaleras. ¡Zafarrancho de combate!… o simplemente una falsa visión por estribor.
Pero los torpedos no tiene amigos, ni las minas duermen. Y siempre, los que no saben piensan que la minas se plantan firmemente en el fondo de la bahía…pero el mar es dueños de sus aguas y transporta minas desgajadas de sus árboles como guayabas y te las trae a la cama, no importa donde durmiendo estés.
Una mina, nos parece, cual burla de esos espíritus burlones de que nos hablaban los cuentista en la campiña cuando chicos, hace explosión en el costado de babor de uno de los barcos que está, no ya al frente o a un costado de la formación del convoy, sino por allá por la tercera fila interior. A punto tenemos una desbandada total. Casi seguro estoy que alguno de los hombres que cayeron al agua durante la explosión, entre olas, obscuridad, ajetreo por alejarse cada quien, y las hélices, debe haber sido muerto por otros de los barcos si no por la mina explotada. Creo que entre todos se salvaron una docena.
Ya esto se complica. espiritualmente estamos todos heridos, todos camino del fondo, sinó del mar, al menos de las razones de vivir….
pero hay que seguir adelante, allá nos esperan los otros hermanos que pueden morir si no los armamos. ¡Avante!
Por algún lugar aparecieron tres libertys y se nos unieron, pero estos venia acompañados de un par de destructores que regresaban de una misión al norte. Al encontrarnos cambiaron de rumbo y se nos unieron. Ya estamos más cerca de nuestro puerto, creemos. Los artilleros, solo tres, alistan el cañón 105 de popa. Las dos recién instaladas antiaéreas 14, una a babor y la otra a estribor en ambas alas del puente, dentro de sus respectivos “tanques”, armadura de planchas de hierro nada especial, redondas, recién pintadas de multiverdes, negras y grises esperan. Jim Miller, el artillero de estribor y yo habíamos entablado una buena relación y juntos manteníamos esa ametralladora. Todos los timoneles, oficiales e ingenieros recibíamos entrenamientos para el uso de las armas abordo. Yo hacia la guardia, mi favorita y la todos odian y los americanos llaman burlonamente “the graveyard watch.” O sea, la guaria del cementerio, 12 a 4. Pero en caso de emergencia, maniobras especiales o combate, el timón era mío.
Suena una alarma. Corre corre, a sus puestos de combate cada cual. Yo apenas me daba una ducha habiendo terminado mi guardia diurna. Semidesnudo llegué al puente. Aviones alemanes por todo el espacio, cuántos mosquitos! ¿De dónde demonios salieron tantos mosquitos? Las cubiertas salpicaban metralla hacia arriba igual que las crestas de las olas hace cuando el viento es de ríspidas rachas rastreras.
Los muchachos de las ametralladoras echaban balas, de todos los barcos, al aire, con escasa buena fortuna. Y no éramos muchos y parió Catana. Un ataque concertado de un par de torpederas y un señor acorazado de pocos amigos nos ataca. El camino se nos cierra.
Decía la historia elevadora del espíritu de guerra, en esos tiempos, en los Estados Unidos, que cuando Douglas MacArthur, para graduarse de la Academia Militar, los oficiales examinadores le presentaron una situación de guerra a solucionar. Lo plantaron al frente de una fuerza, lo plantaron en un valle rodeado de montañas donde solo había un desfiladero entre una altura y la otra. El enemigo controlaba los altos y comenzaba a bajar para destruir las tropas al mando del aspirante a teniente.
Apúrese, teniente, que el enemigo avanza y les va a copar y destruir. Díganos como piensa usted salirse de esa encerrona, teniendo presente que el enemigo es mayor y la única salida está en su poder…¿Qué hacemos?
Desesperado el joven cadete, hijo del más alto general, teniendo el futuro en sus repuestas y el prestigio de la familia también en ella, respondió: cerrar los ojos como el toro y lanzarme al ataque con todas las fuerzas de mis brazos y atravesar el desfiladero.
Eso hacíamos ahora nosotros. El paso está cerrado, las fuerzas del Eje son superiores y ya hemos perdido un barco. ¡A pelear!
Dos barcos vi explotar en llamas, a mi izquierda. La formación de hace una hora ya no existe, hay una desmandada sin igual. Sálvese quien pueda. El artillero de babor cayó herido y un fogonero que había sido artillero naval subió a ocupar su puesto. La rueda entre mis manos no giraba normalmente, sino que rodaba con la velocidad de una de las carreras de Daytona Beach. Mi amigo Ji Miller cayó herido, yo le grité al agregado de timonel, “Hold the wheel, Ted!” Y corrí a donde estaba mi amigo herido.
Me agaché, levante su cabeza y la puse sobre mi rodilla en el estrecho espacio entre la culata y la pared del tanque…Lucia mal. Sangre salía de su cuerpo por todas partes….ahora también de la boca comienza una corrientica roja. Nada que hacer, está muerto, Capitán.
¡Hágase cargo del arma usted mismo!
¿Aye, Aye, sir!
El combate no, la masacre no debe haber durado más de veinte minutos, y yo siempre he sido muy preciso con las horas, los minutos y los segundos, pero este encuentro duró en total unos 40 minutos. Pero jamás hubo minutos ni horas más largas en mi vida.
El agua que nos sostenía a flote ya no era la misma. El basurero mayor el pueblo nunca contuvo tantos pedazos de cosas flotando ni tantos cuerpos, hasta ese día, para mis ojos.
Cuando se alejó el último aparato volador regresé al timón. Yo debía haber terminado por todas las razones, pero teníamos varios muertos y no sabíamos aun, en el puente, quienes.
Los oficiales se lanzaron por todas partes a revisar los daños y los caídos. Era invierno, había frio, pero yo estaba sudando…y no era el único en eso. El Capitán se me acercó; ¿Estás bien?
Yo si, ¿y usted?
De pie.
Nos trajeron una botella de whiskey pedida por el capitán, al puente. Teníamos muertos, pero lo peor, teníamos ocho heridos y sin médico. Dos murieron luego, desangrados a pesar de mucho que hicimos con ellos.
Mis ropas estaban llenas de sangre…de Jimmy, suponía yo…Yo me he mareado mil veces, pero yo nunca vomité antes ni después. Vomité entonces… y me cai sin sentidos de la escalera del puente al tratar de bajar por ellas.
No supe qué me pasó.
Cuando me recuperé me tenían en la ducha, desnudo limpiándome la sangre pegada por todo el cuerpo. El mayordomo, que sabia un poco de medicina me estaba registrando todo el cuerpo. Me levantaron y me hicieron parar sobre mis propios pies. No tenia balance.
¡Segundo, segundo, este hombre está herido!
Yo no sé que pasó. Yo perdí el conocimiento otra vez. Un pequeño huequito en la punta de las costillas izquierdas mías sangraba. Puerta del corazón abierta. ¿Se nos va este también, Segundo!
Inglaterra tiene muy buenos médicos.
Tiene una bala alojada entre el enyugue de las costillas y la columna vertebral. No la podemos tocar; puede ser fatal. Esperemos.
¿Y el corazón y el paso por dentro del cuerpo, ¿qué hay de eso?
Cuatro costillas despuntadas, las fundimos en una sola pieza, entre ellas se deslizó el proyectil y usándolas como los rieles del tren, le dio la vuelta al cuerpo, por el costillar y fue a sentarse cómodamente en la espalda. Mejor no la tocamos.
Nunca sentí dolor una vez pasado un año más o menos. No me molestó y seguí una vida normal por todos mis años.
Una noche a finales del 2007 un profundo dolor en medio de la espalda me puso verde. Descubrimos de pronto que allí, cerca de la columna, un   la izquierda, había una bola que aumentaba por horas.
Tres días más tarde el condenado cirujano boricua se burlaba de mi a risa batiente:
¡Pero mira el cubanos este como tenía guardado el tesoro del pirata en la espalda tantos años!
Una horrenda y mal oliente bolsa de plástico blanco se había reventado dentro de mi espalda. Dentro de esa horrible envoltura estaba el pedazo de metal que me había acompañado en tantas aventuras, durante tantas citas de amor, y durante tantas peripecias como la vida me ha presentado a lo largo de esta travesía por la vida.
El crecimiento del metal y el desgaste de tus huesos la soltaron, se me dijo entonces.
El gobierno de Finlandia se llevó ese pedazo de metal en las manos de una bella y chiquitica comandante médico.
 Parece que el proyectil había sido fabricado allá.
Aún no me han dicho.

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