10 dic. 2010

NAVARANA, UNA MUJER ESQUIMAL

NAVARANA, UNA MUJER ESQUIMAL







 

Por alguna curiosa fórmula de las historias de los pueblos, de los rincones más inesperados y de los corazones de las familias mas humildes y ajenas a lo que a sus alrededores sucede, parece que el destino juega al feminismo primitivo, y pone una joven mujer en los brazos de un hombre en el camino de la gloria. Así, Eva, Magdalena, Pocahontas, y otras muchas más.
Cuando el explorador danés comenzó su vida por los hielos del eje del planeta, poco podía haber imaginado que al mismo tiempo que descubría montañas y fiordos helados había de encontrar el amor en la forma de una pequeña mujercita color de aceituna madura, envuelta en una piel de oso gris y rojo.
Mucho menos iba Mekapukaluk, una joven esquimal hija y descendiente de una de esas tribus que partiendo de zonas que hoy son parte del Canadá, invadían las costas del noroeste de la Groenlandia y atacaban a los otros nativos de las áreas en sangrientos encuentros y crueles guerras étnicas…
Mucho de esos capítulos de la historia que nadie se atreve o quiere hoy mencionar.
Mekapukaluk, predestinada tal vez, se inserta como un dardo hiriente en el corazón de Peter Lorenz Freuchen. Curiosa pareja forman. Peter, 6 pies 7 pulgadas de estatura, rojo y cobre fresco; ella, apenas unos cinco pies. Me hacen recordar a mis bisabuelos vascos. Mujer de la naturaleza, desde muy niña compañera de su propio padre en la pesca y la caza, y con un espirirtu algo libre, Mekapukaluk se convierte en un miembro más de las expediciones de su marido con Knut Rasmusen y Roald Admusen, hasta cierto punto. Los polos son la vida de esos hombres.
Los diez años que dura el matrimonio les traen dos hijos al matrimonio danés-inuit. Meqosaq Avataq Freuchen un varón que estudia ingeniería en Dinamarca pero regresa a La Groenlandia, porque, al igual que a su madre, la vida europea no le agrada. Luego tiene una niña a quien nombran, Pipaluk.
Pipàluk si gusta de Dinamarca, allí estudia y vive y luego en otros países, y finalmente entre Canadá y USA. Esos dos hijos de Peter y Navarana hace años fallecieron.
Luego de casados Peter le cambió el nombre a Mekapukaluk por el de Navarana. Su pasado inuit o, como dicen ellos mismos, “inughuit”, su pais llamado “Dundas”, han de llamarse para ella en el futuro, “esquimal”, “inuit”, y “Thule”, mientras que el gigantesco danés, Pete, adopta idioma, vida y costumbres; desde muy temprano en su vida, digo, lengua, vida y costumbres nativas. Peter habla varios idiomas con destreza, pero mientras anda en Thule, habla inuit.
Navarana quería conocer la tierra de su marido, pero solo lograba ganar amor por el ballet clásico. Eso de comprar la comida en una tienda la confunde y regresan a Thule (Nulia).
Las aventuras son muchas para este espacio. Peter al Polo Norte, Peter al Polo Sur, Peter a Sud Africa, Peter a los continentes, Peter a….
La madre de Peter era pariente, y de segundo apellido, Rasmussen, el otro explorador. Por mil razones Peter y la iglesia no se miraban muy bien entre si. La iglesia era partidaria de una política racista. Y ni aún durante los años que Freuchen fué Gobernador de Thule, llegó a desarrollarse buena amistad entre ellos. A Peter eso no le afectaba, el respiraba el aire como un ave, decía.
La relación matrimonial de estos dos seres operaba de una forma casi de mágica para las familias nativas. Sin hacerlo un semidios, muchos padres de familia me hablaron siempre con afectuoso respeto por el gigante rojo. Porque, pese a que le habían muchos años atrás cortado una pierna que se le había congelado, sus pasos eran largos, su actitud firme, su fortaleza inmensa y su temperamento, aunque muchas veces algo áspero, era generoso a mas no poder. Mi corta actividad junto a, o cerca de Peter, fue una escuela. A veces miro hacia el cielo cuando está pintado de blanco, y recuerdo muchas cosas. Y recuerdo sus barbas. El se reia de mis barbas negras. Las de eran de cobre crudo.
De mis andanzas, tanto cuando las hice como marino, como cuando estuve en otras cosas, por el puerto minero de Ivigtut, Sukkertoppen, Christianhaaven, Gothaaven, y, junto con el, a Navik y, finalmente a aquellas montañas de roca sólida sobre la bahía de Upernavik, donde reposa una mujer esquimal que amó a un hombre de barbas rojas. Allí descansa debajo de una enorme tarja de cemento tallado entre un montón de piedras Navarana.
Allí no hay tierra. Los entierros inuits se hacen poniendo el cadáver, envuelto en pieles, sobre la superficie de la roca, se lo rodean y cubren de piedras sueltas y alli deben dormir su sueño eterno. Hoy son muchos los que pasan por allí y se toman fotos junto a la tumba que, irónicamente, está encuadrada con cuatro cadenas, y, para colmo (yo no sé quien hizo ese trabajo, pero en la parte superior hay un epitafio en inughuit, luego una línea divisoria y debajo lo mismo en idioma dinamarqués.
En ambas versiones se dice que murió durante la Quinta Expedición, en la que ella estaba a esas alturas participando rumbo al Polo Norte de nuevo. Y estaban bien cerca.
Pero la epidemia de influenza que azotaba al mundo, venida por Méjico al Canadá, Peter se contagió, estuvo grave pero sobrevivió, Igginguaq, uno de sus asistentes murió, y Navarana, que en su lecho de enferma insistía que Peter se fuera a cuidar de su hijo varón que estaba al cuidado de una amiga….
Pero el buen marido la veía muy débil y mientras le preparaba un cocimiento y le aconsejaba que se durmiera, Navarana le tomó la mano y le dio las gracias por haber sido un marido que la trató como a una igual, que nadie más lo hacia…
Volvió Peter a la cocina y, cuando venía con el cocimiento, dormida para la eternidad estaba su Navarana, su mujer esquimal.
Esta historia es mucho, muy larga y romántica, en la red hay mucha copias, versiones, traducciones, y hasta muchas tonterías que pretenden ser narraciones….La vida sigue.
Como la “santa iglesia” no admitía esquimales, Navarana no era bautizada, de modo que, al morir, la “santa iglesia ” le niega la sepultura. Juzgue usted al cielo. Peter, recargado sobre la pierna única, pico y pala en mano, rompió piedras, cargó en cadáver y sepultó solo, sin ceremonias y sin el dios del templo, a la mujer que amó.
Y eso me toco´el alma. Crea usted, lector, como usted quiera creer…
Pero, en lo que a mí me ha tocado, si puede usted ir a Upernavik, o si puede ver en la red cibernética una foto en la que se vea del alto, por la tumba, las tranquilas aguas verdes de la bahía, sienta por un instante, que ahí mismo, arrodillados junto a la esquina inferior derecha, alli donde está esculpida la estrella de David, la de seis puntas, (que hay dos), allí me contagiaron las fuertes lágrimas de un hombre fuerte, de un gigante humano, que lloraba por el amor de una mujer esquimal.

1 comentario:

  1. Conmovedora historia, Don Gilberto relata Ud. La historia, que difícil no entrar en ella y vivirla, muchísimas gracias por compartirla.

    ResponderEliminar