10 dic 2010

MANUEL EL JAPONES



MANUEL EL JAPONÉS
Espía o Pescador

Hacia finales de los años 30, antes de la Segunda Guerra Mundial, llegó a La Isabela un pescador de piel cobriza, color más bien de aceituna madura, baja estatura, y una estructura física que más bien parecía una sólida columna se acero que decía ser japonés y hablaba un español casi natural, con escasos y pocos notables defectos. Hacía llamarse Manuel y pescaba al  estilo de ciertos países de Asia, zambulléndose sin ayuda de ningún instrumento que le permitiera respirar. La cantidad de tiempo que este hombre era capaz de permanecer  a cuarenta pies de profundidad era algo desconocido aún para mi abuelo que era buzo profesional; era los tiempos de la escafandra, etc. Vestía solamente unos pantaloncitos cortos por ropa, un arpón, o sea, una simple vara de metal con una punta de flecha que tenía un filo capaz de afeitar a un barbudo como Hemmingway.

Manuel vivía a bordo de su bote. Ahí hacia toda su solitaria vida. Solo. Nunca un visitante, una mujer, un viaje al correo; nada. Se pasaba diez o doce días en cada salida pescar, uno o dos días en puerto y de nuevo a la mar. Solo por los cantos del veril, empezando por Cayo Hicacos, (el Faro de Boca de Sagua parecía ser su sitio favorito), pero cuando se desplazaba hacia el este por las costas hacia Caibarién, o al oeste, Cárdenas, quien sabe hasta dónde, nadie lo notaba porque a nadie le interesaba él. Su solitaria vida era muy poco atractiva,
 -¡qué digo, le era totalmente ajena a los demás pescadores!- Solo cuando llegaba al tren de pesca cargado de enormes guasas, cuberas y pargos llamaba la atención, y eso porque solo él, con su estilo de pesca, traía los peces más grandes que se atrapaban en todo el puerto.

Manuel el Japonés no buscaba a nadie por compañía, y si se veía en el compromiso de saludar o hablar con alguien, lo hacía en voz baja, breve y andando.  Yo me atrevo a pensar que uno de los pocos isabelinos con quién mantenía a veces un muy corto dialogo tal vez lo fuera mi abuelo Emilio y eso, probablemente porque a Manuel le gustaba demostrar que zambullendo como dios manda él era superior a todos los equipos. Y Emilio era un hombre muy sin compromisos de pruritos sociales; todo en Emilio iba a flor de piel. Y un hecho lo acercó un  tanto y me dio a mí la oportunidad de conocer, o al menos ver, de cerca al japonés.  Mi abuelo me llevaba con él a todas partes tanto en el mar como en tierra, “Tú eres mi compañero,” me decía. Un mensajero llegó con un telegrama para Emilio Rodríguez, de Holanda.

“Barco holandés encallado con carga abordo. Punto. Precisamos inspección exterior del fondo antes de intentar desencallarlo…etc.”  No recuerdo precisamente donde estaba el barco encallado, un remolcador salía de Holanda hacia allá, sé que era algo lejos. Manuel le pidió a Emilio que le permitiera acompañarle porque él nunca había visto como trabajaban los buzos profesionales. Nada podía ser más inocente. Vamos.  Recuerdo que el abuelo mientras pescábamos solos él y yo por allí por los cayos de La Empalizada, me contó algo extrañado.

Mientras mi abuelo y sus dos ayudantes preparaban los equipos, compresor manual, escafandra, cinturón de pesas de plomo, tubos ya Manuel había recorrido todo el fondo del barco, los puntos peligroso del arrecife y tenía una estrategia formada sobre como liberar el barco… Emilio no era hombre exaltarse por nada que pasara, pero de sus propias palabras recuerdo que me dijo: Se me abrieron los ojos una cuarta. Bajaron los dos, cada uno en su estilo, pero mientras que el buzo profesional tenía una serie de limitaciones, largo de la manguera del aire y de la soga que le servía de soporte y de timbre de emergencias, la visión de la escafandra era muy limitada y una serie de otras demandas del trabajo mismo, aquel condenado hombrecito subía, bajaba, raspaba secciones del fondo con un instrumento provisto para remover cualquier cosa del casco para poder observar el metal limpio…y le señalaba al abuelo, aquí, allí, bueno, malo….Tres días trabajaron hasta removiendo algunos corales que pudieran causar el más leve daño. Porque bueno es decir, que ese japonés cuidaba mucho de la naturaleza marina.

Un remolcador de Filadelfia y el holandés llegaron como al tercer día con un par de gabarras y sacaron el barco con un mínimo de daños, pero capaz de seguir navegando rumbo al astillero por si solo. Mi abuelo era generalmente muy bien pagado por estos trabajos y, aunque nada habla prometido, trató de compartir su pago con el japonés. Pero no, Manuel no le aceptó un centavo, es más le dijo que para él esta experiencia había sido una escuela y que con lo que había visto, había enriquecido sus conocimientos. Nada más justo, si nunca había visto esto o aquello y había aprendido algo…..

Por esos días en Cuba, al igual que en varios países, incluyendo los Estados Unidos, andaban compradores de chatarra comprando hasta el último pedazo del herrumbroso trasto o pedazo, donde quiera que se hallara. Japón compraba. Dinero es dinero, que caray.

Nadie supo nunca de donde había venido el japonés, pero tampoco supo nadie, porque a nadie le importaba, cuando se fue Manuel el Japonés de La Isabela. Al menos, yo lo sé.

Yo era un chico, hay cosas que no sabía, no tenía idea de que ciertas acciones humanas llevan en si significados ajenos a los ojos que le miran, ni de que más allá existían muchas de las cosas que aún  hoy no sé si existen. Por consiguiente mucho escapaba a los ojos de este narrador….pero han pasado muchos años, y con los años se han visto y aprendido algunas pocas cosas que nunca se hubieran podido imaginar.

Hubo una guerra empezada por el Imperio Japonés. El mundo es hoy lo que en aquellos tiempos pudo haber sido solo la imaginación de un escritor loco, de que por algún lugar del universo había una planeta donde….usted conoce el cine moderno…..

Pero yo he navegado por muchos mares, he visto que Manuel no era ni fue nunca el único, aunque para los isabelinos si lo fuera, que pesca en ese estilo, he visto el trabajo de los buzos, he trabajado en astilleros reparando barcos y…también he leído algo sobre espionaje, ciencias marinas, en fin, que puedo mirara hacia atrás. Y cuando lo hago veo allí, frente al Faro de Boca de Sagua, en aquel bote misterioso a bordo del cual jamás pudo subir un isabelino, en el cual vivía un solitario hombrecito fuerte como una columna de acero, cuya breve conversación era bastante refinada para un pescador que todavía andaba usando métodos primitivos, pero que cuando inspeccionó aquel barco holandés con mi abuelo lo único de primitivo que demostró era el trabajar con la naturaleza y no con máquinas…
Y luego despareció sin dejar huellas, exactamente igual que había llegado un tiempo atrás.
¿Quién era, en realidad, aquel hombrecito que decía llamarse, “Manuel el Japonés” y que hacia?

Hay en algún lugar recóndito de mi memoria un vago recuerdo de este hombre, que me intriga. Esto lo vi yo un par de veces, mientras pescaba con mi abuelo ahí cercano al bote de Manuel.  Algunas veces este se zambullía y cuando volvía a la superficie andaba demasiado lejos de su bote para nadar cansado por el haber contenido por tanto tiempo la respiración, pero, no; salía como si hubiese estado sentado en la terraza del mejor hotel de Paris: fresquecito. ¡Señor, ni las ballenas!  Pero siempre salía a flote en algún punto donde el viento y la corriente le ayudaban a regresar flotando al bote. Y he aquí mi observación.

Cuando Manuel hacia uno de esos largos recorridos, no traía pescado alguno, si no
Que salía, se acostaba boca arriba y comenzaba a decir algunas cosas o tal vez fórmulas. Las decía, las repetía, las repetía otra vez y otra vez, hasta que subía al bote y se metía en su oscura cabina y cerraba la puertecita. Raro proceder con el calor y tan lleno de agua el cuerpo y más, cuando hacia eso, aunque le mentaras la familia no atendía ni hablaba con nadie solo correr a la cabina. Esos fueron los únicos momentos en que yo lo pude ver apurado. Como ni el abuelo ni yo sabíamos japonés, yo le comenté un día, ¿abuelo te fijas que Manuel siempre hace eso cuando nada muy lejos?   Emilio se viró hacia mí, me miró fijamente por un minuto y después me dijo, eso suena como una repetición de sonidos, puede que este hombre tenga una religión que lo protege y esa sea su manera de rezar. Lógico, ¿Verdad?

Un algo más, en esos tiempo en la Isabela el único pescado de arpón o fija que el comercio compraba era la lisa, de modo que los gigantes meros, guasas y otros que el Japonés traía no tenían comprador en el puerto, de modo que este hacia  sud propios empacados y embarques y a nadie le importaba un bledo a quien o con quien el negociaba. Perfecto sistema. Cada pulgada de fondo de nuestras costas pueden haber sido estudiadas por años, unos meses en cada puerto y nadie sabe nada; mucho menos el gobierno


Pero sabiendo una cosita o dos sobre unas cuantas cositas que los hombres, científicos y guerreros hacemos en tiempos de guerra, vuelvo y le pregunto al abuelo, donde quiera que se encuentre:

¿Abuelo, viendo lo que hicieron los submarinos del Eje durante la guerra, y el uso que se le dio a la chatarra vendida al Japón, en los años inmediatamente anterior al comienzo de la Guerra, ¿no sería Manuel el Japonés un bueno y bien preparado Espia?





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